martes, 2 de febrero de 2010

Pueblos Originarios Iglesia y misión


La experiencia teologal indígena, Aporte a las Iglesias
Pbro. Eleazar López Hernández




Introducción

Los pueblos indígenas de las Américas son en estas tierras la humanidad más antigua y, por ello, la más sabia. Su largo proceso de humanización construyendo culturas y civilizaciones milenarias siempre estuvo marcada por la búsqueda sincera de Dios y sus mandatos. Son pueblos que han forjado espiritualidades y expresiones religiosas muy profundas y a las que la imposición de esquemas venidos de fuera les cortó la posibilidad de proseguir libre y dignamente sus procesos particulares de vida.

Los llamados “indios” del continente americano tenemos una larga experiencia al respecto. En los últimos 500 años nuestra identidad/alteridad cultural y religiosa ha sido negada y pisoteada por reiteradas campañas misioneras y propuestas misionológicas que, por principio, negaban la diversidad y los derechos religiosos de los paganos que había que conquistar para Cristo.

Hoy, por fortuna, tales planteamientos están siendo revisados y se intentan nuevas modalidades de misión en las iglesias cristianas gracias a la presión de los mismos pueblos indígenas que exigen respeto y valoración de sus identidades particulares al mismo tiempo que el derecho de construir, en comunión de fe, las iglesias particulares autóctonas enraizadas profundamente en su experiencia histórica, cultural y espiritual propia.

Lugar de los indígenas en las iglesias y en el mundo

Hasta hace muy poco tiempo a los pueblos originarios llamados “indios” en el continente americano, se nos miraba, en la Iglesia, sólo como receptores de las migajas que caían de la mesa de quienes degustaban los supuestos bienes y valores de la sociedad envolvente. A los indígenas o población nativa no se nos permitía ponernos en la mesa de los hijos e invitados en igualdad de condiciones con los demás comensales; éramos únicamente objeto de la acción de otros, que pensaban y actuaban supuestamente a favor de nosotros.

Hoy ese esquema está siendo superado por la irrupción, a veces violenta, de los indígenas en la sociedad y en la Iglesia; y también por el cambio de actitud que se ha ido logrando en muchos pastores de nuestras iglesias particulares, en l@s teólog@s y dirigentes de diversos institutos religiosos. Muy rápidamente la voz indígena va ganando espacio y reconocimiento institucional, a pesar de su alteridad que a menudo raspa, cuestiona e interpela. Muy rápidamente los indígenas pasamos de ser objetos a ser sujetos protagonistas de nuestro destino dentro de las sociedades nacionales y de las iglesias cristianas. A golpe de confrontaciones alcanzamos muy pronto en la Iglesia la mayoría de edad que muchos nos habían negado.

En múltiples encuentros y diálogos con los dirigentes de nuestras iglesias nos hemos abocado a mostrar, más que demostrar, las razones de la sabiduría teologal y teológica de nuestros pueblos; es lo que se ha llamado Teología india en América latina. Muchos obstáculos y barreras se interponen en el camino: algunos son producto de voluntades cerradas a las alteridades y diferencias humanas, otros forman parte del bagaje cultural y sistémico en que se ha desarrollado el cristianismo durante estos dos milenios. Los resultados de este diálogo están aún por consolidarse.

Nueva presencia indígena

Podemos afirmar hoy que la nueva presencia indígena en las iglesias es una interpelación profética al modo en que ellas viven el evangelio de nuestro Señor Jesucristo y plantea a todos la necesidad de una renovación profunda de las estructuras eclesiales de vida, misión, formación y ejercicio de los ministerios. Es cierto que las iglesias se esmeran en plantear formas nuevas de vida y acción misionera con términos como ”nueva evangelización”, “inculturación del evangelio”, “diálogo interreligioso”; mas la práctica de estas ideas dista mucho de corresponder a los ideales planteados. En América latina la inculturación la entendemos como propuesta eclesial de diálogo intercultural e interreligioso, donde se ofrendan bienes espirituales para enriquecimiento mutuo, y se construyen futuros dignos para todos; donde se puede ser cristiano sin dejar de ser indígena. Por eso la inculturación tiene que hacerse a partir de lo mejor de la búsqueda humana que las culturas portan, y que son el Verbo de Dios sembrado en ellas (logoi spermatikoi = “semillas del Verbo”).

Cambios de actitud en las iglesias

Podemos decir que fundamentalmente ha cambiado la percepción que la institución eclesiástica tiene del mundo religioso indígena. Hay ahora en la Iglesia un mayor aprecio por las manifestaciones de la religiosidad popular, mirándolas como “semillas del Verbo”. Las respuestas que se dan en la pastoral indígena ya no son ocasionales o puramente individuales, sino institucionales y más permanentes; en ellas los indígena cada vez somos tomados en cuenta como protagonistas y no sólo como beneficiarios.

La Iglesia católica ha avanzado mucho en la inculturación sobre todo a nivel de documentos; pero la práctica camina muy despacio. Desde la propuesta de inculturación la institución eclesiástica va construyendo, con muchas dificultades la parte del puente que le corresponde; en tanto que los indígenas cristianos vamos acelerando la edificación de la otra parte del puente desde la teología india y desde los ministerios autóctonos.

Por toda la geografía de América latina hay loables experiencias de formación inculturada que se van abriendo camino en medio de no pocas contrariedades. El Celam ha abierto espacios de intercambio de estas experiencias; las Conferencias episcopales de cada país han hecho lo propio, a través de sus comisiones episcopales dedicadas a la pastoral indígena. Pero los frutos son todavía pocos o no han madurado lo suficiente como para constituirse en norma estable. Hace falta mantener el ritmo del camino para llegar sanos y salvos a la otra rivera de los pueblos indios.

Históricamente el encuentro de los indígenas con la Iglesia no siempre se ha caracterizado por el respeto a nuestra identidad. Para los indígenas no ha habido un lugar digno dentro de las estructuras eclesiales. Los convertidos al cristianismo hemos tenido que renunciar a nuestra identidad o a ocultarla debajo de muchas máscaras para poder ser aceptados. Los sacerdotes, pastores y religiosas indígenas hemos sido los más afectados por esta especie de esquizofrenia provocada por una mala formación recibida de conventos y seminarios. Pero en la Iglesia latinoamericana poco a poco empieza a ser realidad, a nivel institucional, la reconciliación eclesiástica con los pueblos originarios de América, que antes era sólo acción profética de algunos miembros de la Iglesia.

Para los indígenas Dios es Corazón del Cielo y Corazón de la tierra

El aporte mayor de los indígenas a las iglesias y a la sociedad envolvente es la centralidad de Dios que rige en nuestra vida, desde antes de la primera evangelización, y que es el fundamento de todo lo demás. En las cosas de Dios los indios, decían los misioneros de entonces, son ejemplo de entrega y fervor; y en ello los mejores novicios de los conventos no les llegan ni al talón.

Pero no sólo en el campo religioso los indios somos ejemplo a seguir. También en la conciencia y vivencia ecológica más radical, en el valor prioritario de lo humano, en la economía solidaria y en la vida comunitaria. El proyecto de vida de los pueblos indígenas es la sabiduría milenaria probada que puede contribuir para diseñar alternativas de vida más digna para todos en el futuro.

Algunas conclusiones misionológicas

La irrupción actual de la espiritualidad indígena y de las teologías indias es un llamado de vida para todos pero especialmente para las iglesias, que encontrarán, en la búsqueda indígena de Dios, razones para rejuvenecerse y para seguir luchando por el Reino de Dios, que también nuestros pueblos anhelan profundamente a través de sus mitos y utopías. Iglesias y pueblos indígenas podemos unir esfuerzos y energías espirituales, que vienen de muy antiguo, para volver a dinamizar la vida y encontrar salidas humanas y cristianas a las crisis que se abaten sobre el mundo.

Actualmente la población indígena de las Américas se ha puesto de píe para reclamar derechos que, por siglos, la sociedad envolvente nos ha negado. La autonomía, en cuanto derecho a ser reconocidos libres y adultos en todos los niveles de la vida, es la exigencia fundamental de la lucha indígena de América latina que interpela por igual a las iglesias y a los gobiernos.

En este nuevo contexto hay quienes piensan que las iglesias no tienen nada que hacer o que el mejor servicio que podrían prestar en adelante sería renunciar a su tarea evangelizadora y dejar en paz a las comunidades indígenas para que ellas vivan libremente sus opciones religiosas. Y la razón es porque en el pasado las iglesias unieron la misión de anunciar el Evangelio con la tarea mundana de implantar la cristiandad europea como una determinada estructura económica, política y cultural, los misioneros a menudo confundieron la cruz con la espada, la evangelización con la conquista, a Dios con el oro de las indias. De ahí vinieron los atropellos a la dignidad humana, por los que ahora la Iglesia se lamenta y pide perdón por los daños causados a los pueblos que fueron víctimas de tales atropellos.

Sin embargo, no por esos errores del pasado, la Iglesia debe renunciar a su misión y a su auténtica tarea evangelizadora. Ella existe para la misión y para el reino de Dios. Los pueblos indígenas saben discernir, respecto a ella, lo que ha sido trigo de lo que ha sido cizaña. Por eso seguimos esperando de ella la palabra que anuncie con autoridad el reino de Dios, la acción que instaure ese reino en medio de nosotros, y los milagros y señales que muestren que ella es germen y sacramento del reino.

Como lo entendieron los misioneros santos y profetas de la primera evangelización, la Iglesia de hoy puede encontrar en los indígenas la oportunidad de una evangelización en serio para el conjunto de la sociedad. Los indígenas, por nuestra riqueza humana y espiritual, lo ha dicho el Papa en Yucatán, México, en 1993, seguimos siendo la “luz del mundo”, la “sal de la tierra”; y por eso podemos ser los nuevos evangelizadores del mundo. Con los pueblos indígenas de América y del mundo la Iglesia puede establecer una alianza estratégica para la evangelización del mundo.

Este el verdadero cambio histórico que se avecina en la misionología cristiana: dejar que el Evangelio de Jesús vuelva a Nazarét, a Galilea, a la periferia del mundo y desde ahí regrese cargado con los dones y la energía espiritual de los pobres para ser fuerza renovadora del mundo y de la humanidad. La misionología desde los centros de poder ha llegado a su fin; es la hora de los pequeños, de quienes no tienen ni oro ni plata, pero poseen el mayor poder que viene del Espíritu y de la fe en la resurrección del Hijo del hombre.

Movidos por este optimismo, los miembros no indígenas de la Iglesia de hoy están en condiciones de entender que, en las cosas de Dios, los indígenas no somos un problema, sino solución a los problemas. La experiencia de Dios que tenemos los indígenas puede ser acicate y ejemplo a seguir para los demás miembros de la Iglesia. Ese es el sentido de la reciente canonización del indio San Juan Diego Cuauhtlatoatzin. También los indígenas podemos enseñar a los demás el camino hacia Dios.

En adelante la Iglesia no puede ir al mundo indígena sólo para evangelizarlo sino también para ser evangelizada por él; no va sólo para aportar a los indígenas las riquezas espirituales de las que ella se siente depositaria; va también para recibir de ellos la riqueza de dones que Dios les ha prodigado. La misión entonces se hace intercambio de dones para enriquecimiento mutuo. La Iglesia es depositaria de una Palabra revelada; pero sabe también que Dios se ha adelantado a la acción evangelizadora de la Iglesia, sembrando su presencia en todas las culturas del mundo. En consecuencia, la Iglesia, cuando evangeliza, no niega ni destruye, sino que reconoce, acoge y sirve a esta acción antecedente del Espíritu. Es lo que se ha denominado “misión-inculturación”, es decir, acción de plantar el evangelio en el corazón de las culturas, al mismo tiempo que meter en la Iglesia a los pueblos con sus culturas.

La conversión que resulta de la evangelización inculturada no significa ruptura con el pasado y con la cultura propia, sino plenificación en Cristo. Fruto de la evangelización es que los pueblos se vean liberados del pecado y que sus proyectos de vida sean realizados. Con la evangelización Dios consolida la identidad más profunda de los pueblos, coronando la obra en ellos comenzada por el Espíritu.

Por eso en actitud y en diálogo respetuoso y fraterno los misioneros de hoy nos hemos de acercar a los pueblos indígenas del mundo para testimoniar con la vida el Evangelio en que creemos, para acoger y servir con nuestros dones la pluriforme presencia de Dios en toda realidad humana, a fin de que todos los pueblos lleguemos a la plenitud humana y divina en Cristo.



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